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Martes, 20 de Octubre de 2020

Escribe: Maggy Talavera

“Incahuasi y el inevitable martirio llamado desilusión”

OPINIÓN | 7 May 2018

Dicen que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. La verdad es que cada vez dudo más de ello, sobre todo de lo primero, porque hay males que persisten con una tozudez que espanta. Por ejemplo, la mala fe con la que ha actuado durante siglos más de una autoridad pública, burlándose de quienes le han confiado el manejo de los asuntos e intereses públicos.

Sucede también en la esfera privada e incluso íntima, pero por ahora me preocupa más lo que está pasado en el ámbito público, por una razón simple: el gran y devastador impacto que tiene la mala fe de los llamados servidores públicos.

El conflicto Incahuasi sirve de ejemplo. En primer lugar, porque es un conflicto creado por quienes deberían más bien evitarlo: los funcionarios públicos. En este caso específico, los que están en el nivel central. Basta hacer un recuento de los hechos, revisar antecedentes y corroborar datos oficiales y públicos para evidenciar que este es un problema creado a la sombra de quienes ya nos han dicho que no pueden vivir sin conflictos. Les importa un comino enfrentar a dos departamentos. Por el contrario, disfrutan con ello. Y más: buscan obtener réditos a costa del criminal desgaste de chuquisaqueños y cruceños.

A quienes manejan los hilos del tema Incahuasi tampoco les importa usar y abusar de sus eventuales subalternos. Son apenas fusibles que libran a los de la cúpula el padecimiento de las secuelas de las explosiones que provoca tanta mala fe. El caso más reciente es el del hasta hace poco viceministro de Autonomías. Un fusible activado desde la cúpula para evitar que la explosión de malestar los alcance, pero que no basta para resolver el tema de fondo. En los hechos, todo lleva a pensar que a la cúpula tampoco le interesa poner fin al conflicto. Seguirá azuzando a chuquisaqueños y cruceños, hasta lograr su cometido.

Eso es seguir actuando con mala fe y un cinismo que ya ni espanta. ¿De qué otra manera puede ser calificada la actuación de la cúpula del Gobierno central, si sus propios voceros han reconocido de antemano que el reservorio gasífero de Incahuasi está en Santa Cruz? Lo ha vuelto a sostener el propio exviceministro Siles en un desahogo feisbuquero, en el que trata de salvar su responsabilidad en el armado de un embrollo que amenaza con graves consecuencias no solo a los dos departamentos confrontados. “En mayo de 2016 –escribe Siles- se conoce el estudio de la consultora canadiense contratada por YPFB que, con las coordenadas y cartografía referencial de límites, establece que el reservorio gasífero de Incahuasi está completamente en el departamento de Santa Cruz.”

Lo curioso es que aun sabiendo eso desde hace dos años, el Gobierno continúa lanzando fusibles (uno de ellos, el ministro Arce) y abusando de su mala fe, así como de la cada vez más peligrosa apatía ciudadana. Una apatía que se retroalimenta en “el no reconocido martirio de la desilusión”, sentimiento muy bien descrito por Oriana Fallaci y que recoge esa dolorosa sensación que acompaña a la humanidad desde hace siglos. Es la amenaza mayor que está tras bambalinas no solo en el caso Incahuasi, sino también en otros más complicados ya vividos antes: la amenaza de inmovilizar a las mayorías a través de la desilusión, de un martirio que dura siglos y al que no hay cuerpo que resista. A no ser, claro está, los cuerpos que se alimentan de la mala fe.

Dice Fallaci: “El que se entrega a la política de buena fe y no por ansia de poder o gloria, el que piensa que a través de la política puede realizar el sueño inalcanzable de conseguir un mundo realmente libre y justo, no se expone solo al peligro de acabar en la cárcel o en el patíbulo. Se arriesga también a padecer el no reconocido martirio llamado desilusión. Y la desilusión vuelve áridos. Desmorona. Tanto si te la impone un individuo o un grupo, o si te la infligen una esperanza o una idea, te aniquila”.

Lo peor que podría suceder ahora es sucumbir al martirio de la desilusión, ceder al peso de quienes actúan de mala fe. Estos buscan eso, desmoronar a las mayorías, convertirlas en árido, alejarlas de la política. Es así aquí y en el mundo entero. Muchas veces lo logran. Pero no siempre, como también lo muestra la historia de la humanidad con ejemplos que trascendieron y vencieron incluso a ese reconocido martirio llamado desilusión, visto no pocas veces, por el contrario, como la llama necesaria para encender una rebelión. ¿Será acaso este el desenlace de Incahuasi?

/*MAGGY TALAVERA ES PERIODISTA Y DIRECTORA DE SEMANARIO UNO//

//**LOS TEXTOS REPRODUCIDOS EN ESTE ESPACIO DE OPINIÓN SON DE ABSOLUTA RESPONSABILIDAD DE SUS AUTORES Y NO COMPROMETEN LA LÍNEA EDITORIAL PLURAL – LIBERAL DE ESTE MEDIO DE COMUNICACIÓN// 

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