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Viernes, 30 de Octubre de 2020

Escribe: H. C. F. Mansilla

“Aspectos conservadores en la Revolución Cubana”

OPINIÓN | 19 Abr 2018

La renovada fama de la Revolución Cubana dentro de los movimientos radicales del área andina requiere de algunas correcciones. En este artículo me referiré al terreno de la cultura en sentido amplio.

Desde un comienzo la educación revolucionaria cubana ha exhibido una inclinación hacia valores tradicionales y nada democráticos como la laboriosidad, la disciplina y el respeto total a las jerarquías de mando. Ya en la década de 1960-1970 nadie se atrevió a criticar la militarización del campo educativo, porque era una concepción programática de carácter oficial -es decir: sagrada- y, por ende, únicamente podía ser positiva. Escuelas de todo tipo fueron puestas desde entonces directamente bajo supervisión militar, como una posibilidad exitosa de acabar con el caos y la ineficiencia. La orientación general de acuerdo con valores como la obediencia absoluta y la uniformidad universal no producirá aquel “Hombre nuevo” con el que soñaron los revolucionarios de la primera hora y los románticos del presente.

La situación en la esfera de la cultura es más problemática de lo que parece a primera vista. La proverbial libertad de expresión cultural en la primera década de la revolución es algo que existió más en la fantasía de los intelectuales simpatizantes que en la dura realidad, mientras que ya a partir de 1970 el conocido escándalo alrededor del poeta Heberto Padilla ocasionó los conocidos fenómenos de control, censura y productos literarios faltos de espíritu crítico. El gran poeta oficialista Nicolás Guillén expresó una vez el sentir del gobierno acerca de la libertad cultural cuando afirmó que los escritores y artistas cubanos deberían cumplir “con su deber” como “soldados”, amenazándolos simultáneamente con el “castigo revolucionario más severo” si cometían “errores políticos”.

En el campo de las pautas generales de comportamiento se impuso paulatinamente una política de rasgos totalitarios, que consiste en la búsqueda a toda costa de la “unidad” social e ideológica. Los dirigentes creen que las diferencias y variedades sociales, políticas y culturales obedecen a causas “artificiales”, que son el producto de un pasado negativo. Esto presupone el ideal normativo de una armonía e uniformidad “naturales”, la cual sobrevendría cuando hayan cesado todas las “contradicciones” del orden precomunista. En Cuba se puede advertir la inclinación, a veces caricaturesca, a pensar jefatura y masas como un todo armónico y sin fisuras y a crear un sentimiento forzado de solidaridad que no admite réplicas. En el campo intelectual, por ejemplo, esta corriente se manifiesta por un maniqueísmo marcado (lo revolucionario, bueno y radiante, frente a lo reaccionario, perverso y lúgubre), acompañado por un memorable desprecio hacia el espíritu crítico y escéptico.

Es impresionante el grado en que la ideología oficial suministra a cada ciudadano una visión cuidadosamente controlada del mundo, lo que sucede por medio de las organizaciones masivas, la prensa, la televisión y otros instrumentos menos sutiles, como los omnipresentes Comités de Defensa de la Revolución en todos los barrios. Lo que se busca mediante las gigantescas campañas de instrucción revolucionaria es formar ciudadanos que sean laboriosos en el trabajo, obedientes hacia la jefatura y amantes de su país. Para ello se ha recurrido a la proliferación de organismos burocráticos encargados del control social y a la utilización del simbolismo patriótico, combativo, carismático y profundamente tradicional. Se trata de un viejo mecanismo para lograr una mayor cohesión social en torno a la jefatura del momento y para proveer a la población de un sistema explicativo simple, pero eficaz.

La vida cotidiana en Cuba es asimismo una combinación de racionamiento continuado con algunos raptos de orgullo nacional. El haber resistido victoriosamente a las presiones norteamericanas se entrelaza con la irritación diaria que causan las colas interminables, las deficiencias de los servicios públicos y la pérdida de tiempo para cualquier trámite o compra. Las posibilidades de instrucción se han ampliado considerablemente, pero la gente no sabe cómo emplear su tiempo libre en una sociedad puritana y aburrida. El nivel educativo es más alto que nunca, pero los jóvenes están obligados a leer los textos más áridos de la historia. Aquí se halla probablemente el potencial para un proceso futuro de democratización.

/*H.C.F. MANSILLA ES FILÓSOFO Y MAESTRO BOLIVIANO/ TOMADO DE EL DIARIO/

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