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Martes, 4 de Agosto de 2020

Escribe Alberto Mansueti

Crucifijos e intolerancias

OPINIÓN | 22 Jun 2020

El paso del siglo XX al XXI ha sido como un mal paso, en muchos aspectos, y tal vez el peor es la cerril intolerancia a las creencias de los demás. Una cosa es ser fanático de sus convicciones; yo lo soy. Pero otra cosa es la inaceptable pretensión de suprimir las ajenas por las vías compulsivas: la intolerancia anti-religiosa o religiosa, de ateos y creyentes por igual, impuesta por el estado, que imposibilita la convivencia democrática, y así, sólo conduce a la violencia.

Por ejemplo, el ateísmo se hizo muy anticristiano. En el siglo pasado había otro ateísmo, “gentil” y civilizado, propio de una democracia madura. Permítanme ilustrarlo con una anécdota simpática de mi ciudad natal: Santa Fe, Argentina. En los años ’30, Don Lisandro De la Torre era fundador y líder del “Partido Demócrata Progresista”, entre el centro y la izquierda moderada, de fuerte arraigo local; y “los Molinas”, familia tradicional del partido. Luciano Molinas fue gobernador cuando la hegemonía conservadora.

Don Lisandro vivía en Rosario, pero iba a Santa Fe por conferencias, reuniones y actos políticos. Se alojaba donde los Molinas, en la calle 9 de julio. Era costumbre recibir a los amigos en la casa, y se veía como ofensa si se iban a un hotel. Y se les cedía el cuarto principal, del matrimonio, otra oferta no rechazable. Luciano era dilecto discípulo, heredero y mano derecha de Don Lisandro. La comunión ideológica era total, salvo que Molinas era católico, pero “liberal”, o sea tolerante (un hijo suyo, no católico, fue mi profesor, a fines de los ’60); y De la Torre era ateo, pero no intolerante.

Una vez, como siempre De la Torre durmió en la habitación de los Molinas, y los dueños de casa en otra. Pero al día siguiente, doña Matilde, la esposa de Luciano, recordó que había olvidado retirar el crucifijo en la pared de la cama. Y en el desayuno, se comenzó a disculpar con Lisandro, quien le cortó gentilmente: “No se preocupe, señora: le aseguro que no me molestó para nada en toda la noche”. El crucifijo no le perturbó; no aspiraba a “convertir” a los Molinas al ateísmo, ni ellos empujar a Don Lisandro a Misa.

Pero al ateo de hoy los símbolos religiosos le “ofenden”. Y le incomodan también a mucho “libertario” que se dice “anticonservador”. Y los símbolos católicos molestan a los evangélicos: quieren que toda la gente se haga evangélica, y de presidente para abajo, comenzando por los católicos. Pienso que todo esto está muy mal, amigos: muchas intolerancias por todos lados. Veamos tres de esos lados.

(1) Los ateos. ¿Tienen la piel más sensible? No; pasa que en su gran mayoría son marxistas. Y el marxismo clásico, los 10 puntos del Manifiesto Comunista de 1848, están todos ya sancionados con fuerza de ley, vigentes en nuestros países; y no quieren volver a discutirlos, porque gracias a ellos tienen la sartén por el mango. Controlando la política, la economía y educación, imponen los temas del marxismo cultural: ideología de género, ecologismo rojo, afroindigenismo y relativismo “posmoderno”. Porque en la agenda pública, quien logra instalar los temas, tiene ganada la mitad de la partida; y no quieren debatir privatizaciones, desregulaciones ni aperturas de mercados.

Para embarrar más la cancha, impulsaron la “histeria anticorrupción”, y el lawfare: manipulación de jueces y tribunales para perseguir judicialmente al rival, en vez de discutir sus políticas públicas. Se les ha vuelto un “bumerang”, y la derecha mala les caza, enjuicia y encarcela a algunos de ellos. Pero, de todos modos, la discusión nacional no es sobre políticas públicas, sino sobre el enjuiciamiento y la “cárcel a los corruptos” (y los “elementos probatorios”); y ese era el objetivo de su estrategia.

(2) Sigamos con los “libertarios”. Brillante jurista y economista liberal, Hayek era muy ingenuo en materia política, y creía que cuando los socialistas estudiaran economía, dejarían de ser socialistas, y asunto resuelto. Pues algunos, sobre todo jóvenes socialistas, leen algo de economía austriana, dejan de lado el marxismo clásico, y se hacen “libertarios”; pero vea lo que pasa. Los hay de dos clases:

Unos se hacen anarquistas. Franz Oppenheimer (1864-1943) fue un socialista que se convirtió al anarquismo; y Murray Rothbard (1926-1995), otro economista liberal que no sabía de política, creyó que copiarse de Oppenheimer serviría para atraer socialistas a las filas liberales; pero lo que atrajo fue el espíritu nihilista y agrio del anarquismo, y su odio e intolerancia a la política, a los partidos, y a la vida democrática, vías ineludibles para desplazar a las izquierdas del poder. Hacen excesivo énfasis en el derecho a la tenencia de armas, legítima decisión personal, que los gobiernos no deben coartar; ¡pero no es un sustituto del estado, el gobierno limitado y los tribunales!

Otros “anticonservadores” adoptan temas del marxismo cultural, que meten en la misma bolsa, aún siendo muy diferentes. Ejemplos: (i) la droga es una decisión personal, aunque mala decisión personal; y si bien la “Guerra a la Droga” fracasó, y la despenalización es recomendable, debe acompañarse de las privatizaciones, y de la tolerancia a la actividad privada en el comercio y producción, la educación, el ejercicio médico, las jubilaciones y pensiones, etc. (ii) El aborto es distinto: inocultablemente es un asesinato, y su despenalización ofende a la justicia. (iii) La eutanasia también es un crimen, pero se oculta bajo el disfraz de "suicidio asistido", y tampoco debe ser legal. (iv) El “matrimonio igualitario” destruye a la familia, contradice a la naturaleza y a la razón, y es tan absurdo y ridículo como el “cambio de sexo” y otras “conquistas” de la ideología de género.

La “redefinición” del concepto de matrimonio, como el de sexo (por “género”), es una aberración, pero que no debe sorprender. Pues como hoy los culturales, antes los marxistas clásicos “redefinieron” los conceptos de propiedad privada y empresa (“función social”), la moneda (por dinero de puro papel), la banca (con “banco central”), la “educación pública” (por lavado de cerebro), la “salud pública” (control y vigilancia), el interés general (“bien común” mal entendido) y otros. Así fue como nos empobrecieron y sometieron. ¡Conceptos y temas que deben ser discutidos en el Parlamento!

(3) Por último, evangélicos. Hoy en día, los marxistas culturales pretenden imponer por la fuerza pública todas sus agendas, incluso ideología de género, a través de sus leyes y la enseñanza estatal o compulsiva. Pero la reacción de los evangélicos es igual de intolerante: quieren imponer las lecturas bíblicas y oraciones en las escuelas estatales. Es el monopolio educativo, tras el viejo “ideal” de la uniformidad religiosa, que el clero católico impulsó en tiempos pasados, con la excusa de que “este país es católico, el presidente debe ser católico, y la educación también.” Con un lenguaje algo más disimulado, citas bíblicas interpretadas a su gusto, y tras presidentes como Trump y Bolsonaro, los evangélicos van por igual camino.

El concepto del “Reino de Dios” es central en la visión cristiana. Pero tiene al menos dos significados distintos. (i) Uno es “civilizacional” o cultural: alude al sistema occidental de instituciones inspiradas en la tradición bíblica judeo-cristiana. (ii) Otro es “sectario”: equivale a “esta es la religión de toda la nación, y de las autoridades, que deben declararlo oficialmente”. Muerte y sangre asolaron a Europa cuando las guerras de religión, por contrapuestas exigencias sectarias. En contraste, nunca las hubo en EE.UU.: la Primera Enmienda garantiza libertad de culto a todos, mediante la exclusión de “iglesias oficiales”, y unida a otras libertades: de expresión y de prensa, de reunión, y de enseñar y aprender. Adiós al “sueño” de la uniformidad religiosa. Pero, ¿equivale esto a una “neutralidad del Estado”?

No. Equivale a un “laicismo”, pero bien entendido. He escrito mucho sobre religión y política; no voy a repetirme. Sólo señalo un punto sobre la educación: la “neutralidad” es imposible; y por eso mismo, la enseñanza debe ser privada: para que pueda ser libre, no “neutral”. Educar es comunicar un saber, y no lo hay en un vacío filosófico, sino en un marco de premisas y cosmovisiones; no hay ni puede haber neutralidad. La única forma de zanjar el asunto en paz y civilizadamente es la amplia e igual libertad de enseñar y aprender para todos: los católicos, judíos, protestantes, masones, etc. Cada cual, con su escuela, a pagar de su bolsillo. Y los gobiernos pueden subsidiar al más necesitado, pero con bonos a los padres y buenos estudiantes, para escoger libremente la educación de su preferencia. Esa es la tercera de nuestras Cinco Reformas, para hacer junto con las otras cuatro. ¡Y urgente!

//*ALBERTO MANSUETI ES POLITÓLOGO, FUNDADOR DEL CENTRO DE LIBERALISMO CLÁSICO//

//**LOS TEXTOS REPRODUCIDOS EN ESTE ESPACIO DE OPINIÓN SON DE ABSOLUTA RESPONSABILIDAD DE SUS AUTORES Y NO COMPROMETEN LA LÍNEA EDITORIAL PLURAL – LIBERAL DE ESTE MEDIO DE COMUNICACIÓN//

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