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Miércoles, 28 de Octubre de 2020

Escribe: Hugo Marcelo Balderrama

“Carlos Marx en la universidad”

OPINIÓN | 27 Abr 2018

En 1990 el profesor Roger Kimball en su libro “How Politics has corrupted our higer education”, describió cómo los radicales de izquierda se habían apoderado de las universidades en Estados Unidos. La tercera edición del año 2008 incluye una nueva introducción del autor donde sostiene que si en 1990 el libro se equivocó en algo, es que ¡se quedó corto!

Kimball critica las formas adulteradas en que las Humanidades y las Ciencias Sociales se enseñan en las universidades. Los cursos se titulan “Estudios afroamericanos”, “Estudios sobre represión femenina”, “Deconstruyendo el lenguaje”, etc. El objetivo es subvertir toda la tradición de la cultura occidental plasmada en las obras clásicas del arte y la literatura. Los nuevos currículos y textos responden a las agendas feministas, sexistas y el racismo anti blanco (camuflado de multiculturalismo).

Pero, ¿Por qué la izquierda cambió las protestas callejeras por las aulas universitarias?

Según el marxismo clásico, los enemigos del capitalismo eran los trabajadores, los “proletarios” en palabras de Karl Marx. Y según Lenin, el imperialismo era “la fase superior” del capitalismo, resultado natural de la “ambición” capitalista por “conquistar” nuevos mercados.

Ya en el siglo XX y vísperas de la Gran Guerra, Lenin pensaba que los trabajadores “explotados” se negarían a servir como soldados, y que serían fieles a sus intereses de clase. Pero en 1914, los trabajadores no se revelaron, muy al contrario, se plegaron a defender a sus naciones. Entonces, la pregunta fue ¿Estaba equivocada la teoría marxista? Los marxistas Antonio Gramsci y Gyorgy Lukacs tenían la respuesta: el socialismo no estaba equivocado porque es “científico”, eran los trabajadores que estaban confundidos por culpa de la cultura occidental, proclive al capitalismo.

Desmentido por los hechos y la realidad, la estrategia del marxismo iba a dar un giro de 180 grados: en lugar de buscar primero la transformación de las condiciones sociales, para luego cambiar la mente de las personas, buscaría antes el cambio en la manera de pensar, y transformar luego la realidad social. Los intelectuales, ya no los trabajadores, eran la clase revolucionaria por antonomasia.

La familia, la iglesia y la tradición serían los blancos de ataques de estos nuevos militantes. En su obra “Attack on Christianity 10 strategies Christ to Fight the Culture War” el profesor David M. Howard describe los siete pasos que siguen las nuevas izquierdas para lograr su hegemonía:

Agitación constante y ruidosa. Por ejemplo: mostrar la homosexualidad como un estilo alternativo de vida tan válido como cualquier otro.
Reducir el debate al plano sentimental. Frases como: “los homosexuales y las mujeres son oprimidos por la sociedad capitalista y el heteropatriarcado” son parte de su arsenal lingüístico.

Ampliar el poder del Estado mediante ficciones jurídicas como: “el matrimonio homosexual” y el “feminicidio”.

Incrementar el control sobre las asociaciones de psicología, para mostrar la homosexualidad como normal y superior a la heterosexualidad.

Presionar a los medios de comunicación para incorporar gente de las “minorías”: homosexuales, lesbianas y transexuales.

Mostrar a la iglesia como una institución cruel y discriminadora (Las marchas del 8 de marzo terminan con las iglesias llenas de caca, sangre menstrual y otras suciedades).

Usar la gran industria del cine para promover sus causas y conseguir fondos. Por ejemplo: en el año 2004 los grupos LGTBI recibieron 260 millones de dólares de varias fundaciones ligadas a Hollywood.

El asalto a la educación y la universidad no se limitó a los EEUU. Las teorías “modernas” y “progresistas” fueron introducidas en Latinoamérica por “educadores” como Paulo Freire y todos los sacerdotes de la “teología de la liberación”. Hoy pagamos las consecuencias, tenemos egresados universitarios que no saben escribir y con una escasa capacidad lectora, los profesores repiten como loros las teorías keynesianas y cepalistas. Y usan sin discernimiento toda la jerga lingüística de la nueva izquierda.

Privatizar la actividad educativa y universitaria es la única forma de mejorar su calidad, diversificar su oferta y acabar con el monopolio de la izquierda en este tema. Pero para eso, se necesita una reforma política, y no se puede hacer política sin partidos. Las soluciones a los problemas políticos se ligan a las soluciones educativas, de salud y económicas. Lastimosamente, muchos sectores pro libre mercado, siguen repitiendo el error de Federico Hayek de abandonar la actividad política y concentrarse en las actividades académicas y empresariales.

/*HUGO BALDERRAMA ES ECONOMISTA MASTER EN ADMINISTRACIÓN DE EMPRESAS Y PHD. EN ECONOMÍA/

//**LOS TEXTOS REPRODUCIDOS EN ESTE ESPACIO DE OPINIÓN SON DE ABSOLUTA RESPONSABILIDAD DE SUS AUTORES Y NO COMPROMETEN LA LÍNEA EDITORIAL PLURAL – LIBERAL DE ESTE MEDIO DE COMUNICACIÓN// 

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