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Viernes, 19 de Julio de 2024

Escribe Juan José Ayaviri

No somos mandriles

OPINIÓN | 24 Ene 2022

Los ciudadanos no somos mandriles. Así lo diga el mayor desbocado de ese autoproclamado círculo de sesudos/hijitos de papá que reclaman ser la conciencia ambientalista de los cochabambinos.

Cuando me alcanzó el brulote por redes sociales (porque estos días la impertinencia se hace viral más rápido que la sensatez) tuve una sensación ventral de asco frente a las formas encubiertas del racismo que practican precisamente quienes han hecho una forma de vida de llamarse progresistas. Asco frente a ese camuflado Apartheid de clase que la verba de las elites criollas usa para mantenernos a raya: Si sus “revoluciones”, si las verdades absolutas que nos dictan no nos movilizan, entonces somos unos mandriles.

Empezó con la narrativa edulcorada de escribanos y activistas del MAS, clientes de la Fundación para las Ciencias, que se suponía debían haber volcado a las calles a toda Cochabamba, con pancartas y muñecos del alcalde listos para ser incinerados cual “enemigo de los arboles”, sin cuestionar, sin esperar a oír el otro lado de la historia, sin opción a discrepar.

Pero como la que no se movió fue la ciudadanía, en la frustración de que su guion de telenovela no operó su magia en esos primates brutos que somos nosotros, entonces vino el látigo de su “superioridad moral”, de ese estadío de madurez ambientalista a la que nosotros – los mandriles – no hemos alcanzado.
Viejo “palo y zanahoria” del progresismo de clase alta: o eres el buen salvaje o eres un indio de miércoles, la retórica ha sido matizada, la connotación es la misma.

No hay drama, he vivido el doble estándar de una autoridad lingüística-estética-ideológica que maquilla la superioridad de casta-apellido de los autoproclamados “verdaderos cochabambinos” desde mis once años.

Así los vecinitos de la zona norte me notificaron de que la razón y el sentido común – interprétese “la inteligencia” – te asisten cuando vas al colegio correcto y tu dicción tiene el acento correcto.

Me tocó escuchar algún “estos animales”; y de vez en cuando un “negro de mimbre” cada que intenté discutir un penal o un tiro libre en algún intercolegial frente al Anglo Americano o el Calvert. Es que cuando el migrante del interior te barre es un “bruto de marras”, cuando lo hace el señorito, entonces sólo es “juego recio”.

Cuando ya en la universidad, embelesado por la demagogia asambleística del trotskismo quise enrolarme en las líneas de los revolucionarios, resultó ser que hasta para andar con el pelo largo y la cara de Lenin en la camiseta debíamos tener pedigrí y debíamos habernos graduado de un colegio privado con algún nombre en inglés que nunca podíamos pronunciar bien.

Claro, podías asistir a las peroratas bajo algún molle de la plazuela Sucre, pero no a las selectas tertulias de alguna descendencia del Nacionalismo Revolucionario; podías ir a embrutecerte con el resto de la carne de cañón de sus huelgas al Awicho pero, a menos que tuvieras esa mezcla del apellido-color correcto, no estabas invitado a la guitarreada “after party” en casa de tal o cual hijo de docente.

Estos días el punto de controversia no es más un tiro libre o un corner, pero todavía están al frente los mismos niñitos mimados. Y cuando no pueden mostrar buen futbol, entonces todavía su mejor argumento para prevalecer es una forma matizada de “indio de madres”: Mandril.

Disfrazados de izquierdistas, convencidos que mal citar a Marx y recitar canciones de Silvio Rodríguez en exclusivas tocadas te convierte en “el pueblo”, yace el peor de los racismos: el que se esconde detrás de cátedras heredadas y becas para investigación seculares.

Esas elites están acostumbradas a alcaldes rehenes, a pelafustanes que ceden a una llamada de La Paz, a una recomendación de alguna autoridad universitaria o a la presión de un grupo particular de apellidos de la zona norte para darle su capricho a los hijos de los antiguos gamonales, disfrazados detrás del ropaje de ambientalistas o “culturalistas”.

No, no somos mandriles porque lo diga el más bellaco de los herederos de esos abolengos, que el profesor José M. Gordillo catalogó de “elites en código etnográfico”.

Seríamos monos si bailáramos al son de las consignas huecas de los revolucionarios-canapé o si actuáramos para complacerlos y evitarnos el desprecio que recibieron nuestros abuelos migrantes de sus abuelos.

Definitivamente, lo que nos hace no-mandriles, es precisamente la fortaleza mental de no ceder a su extorsión sicológica y aferrarnos a nuestro derecho a decidir informados.

Lo del Museo de Historia Natural no es sobre patrimonio ni sobre corredores biológicos, sino sobre que no le quiten la gallina de los huevos de oro a la izquierda light y sobre un desquite del odioso alcalde que se atrevió a tocar su claustro de privilegios.

Nos llaman mandriles y dicen que son el pueblo, pero sólo son marxistas de clase alta jugando a la revolución. El verdadero pueblo, los distritos y OTBs cuyos hijos no pueden acceder a ese patrimonio, secuestrado hace 24 años en la casa club de Tobi y Lulú y al que costaba diez bolas ingresar, recién está por salir a hacerse escuchar.

Ahí quiero escuchar al progresismo-detrito decir “mandriles”.

//* JUAN JOSÉ AYAVIRI VÁSQUEZ ES SOCIÓLOGO Y EXDIRECTOR DE PATRIMONIO CULTURAL//

//**LOS TEXTOS REPRODUCIDOS EN ESTE ESPACIO DE OPINIÓN SON DE ABSOLUTA RESPONSABILIDAD DE SUS AUTORES Y NO COMPROMETEN LA LÍNEA EDITORIAL PLURAL – LIBERAL DE ESTE MEDIO DE COMUNICACIÓN// 

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