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Martes, 30 de Noviembre de 2021

Escribe Juan Pablo Guzmán

El día que el padre Pérez fue asfixiado

OPINIÓN | 7 Jun 2021

Propensos, como somos, a dejarnos vencer por el olvido y hasta por la ingratitud, el cumpleaños número 77 del padre Eduardo Pérez Iribarne, cumplido el pasado 20 de mayo, habría sido recordado por pocos si no se hubiera visto en las redes fotografías del sacerdote jesuita, siempre firme y de mirada penetrante, en una reunión de camaradería en radio Fides, organizada para congratularlo.

Es muy probable que él haya aceptado esas fotografías con pocas ganas, porque, alejado por decisión propia de los micrófonos y las cámaras desde 2017, ha hecho un acto de fe no volver a asomar su magnética presencia en la vida pública, aquella en la que durante casi medio siglo marcó una poderosa huella periodística.

Al ver las fotografías, fue inevitable sentirse invadido por una mezcla de melancolía y desazón: melancolía por los tiempos en los que las mañanas comenzaban con la voz del padre Pérez en las ondas de radio, con una jubilosa presencia informativa, y desazón porque tras su despedida de los medios, la radio en Bolivia se ha quedado sin su último gigante, mientras la televisión perdió al único que fue capaz de convertir la excentricidad en un ejercicio de inteligencia.

Allá por los años noventa, como jefe de noticias de Canal 2 de La Paz, en ese entonces Telesistema Boliviano, fui testigo de la más innovadora experiencia informativa en la televisión boliviana, cuando el padre Pérez llegó para conducir el noticiero central y desechó los acartonados formatos vigentes, con el fin de dar a luz un informativo en el que él y su extravagancia calculada crearon una narrativa única.

¿Cómo entendía el periodismo televisivo el padre Pérez? Como una montaña rusa de emociones en la que cada noticia debía narrar con ritmo vivo una historia, a la que el propio Pérez añadía una presentación única, expresada con desparpajo, para que los 60 minutos del informativo generaran la sensación de una afinada pieza de rock.

En un noticiero se podía ver al padre Pérez con la indumentaria de un jugador de fútbol para transmitir la sensación de un partido, o con la apariencia de los más inverosímiles personajes de la vida cotidiana. Pérez no tenía el propósito simplón de llamar la atención: su meditada y didáctica narrativa visual reconstruía una realidad para hacerla comprensible e impactante al público.

Quizás la más llamativa de todas esas presentaciones fue aquella en la que el noticiero arrancó con un haz de luz que apuntaba al padre Pérez, quien aparecía atado a una silla, y con una mordaza atada firmemente en su boca y nariz. La escena simbolizaba el intento de ese tiempo de imponer una ley “mordaza” a los medios de información en Bolivia.

Durante largos segundos el padre Pérez, que exigía siempre un realismo máximo en ese tipo de escenas, fue privado de aire por la ajustada mordaza, mientras su cuerpo, con violentos sacudones, intentaba librarse de la soga que lo sujetaba. Los técnicos de la sala de control extendieron el tiempo de la asfixia (acordado en aproximadamente un minuto) a muchos segundos más, tantos, que una vez que concluyó la escenificación y se emitía una noticia, el padre Pérez, liberado de la mordaza, apareció ante nuestros ojos con la tez morada, desesperado por aspirar bocanadas de aire.

“Se han excedido del tiempo calculado, pero bien”, exclamó el jesuita, balbuceante, ante quienes lo rodeábamos, preocupados por la situación extrema a la que lo habíamos llevado.

Así era el padre Pérez: un mago-periodista capaz de transmitir al torrente sanguíneo de la gente, mediante su eléctrica personalidad, la desdicha de un infortunio, la alegría de un festejo, el lodo de los políticos, y todo lo que fuera noticia.

Solo él podía causar esas sensaciones. Hoy, cuando la pobreza de la producción periodística televisiva recurre a la minifalda y el escote para ganar audiencia, en una burda ofensa a la mujer, recordamos con todavía más nostalgia el tiempo en el que el padre Pérez daba lecciones diarias de un periodismo excéntrico, pero siempre fiel a sus principios. ¡Felices 77 años, padre!

//*JUAN PABLO GUZMÁN ES PERIODISTA/ TOMADO DE PÁGINA SIETE//

//**LOS TEXTOS REPRODUCIDOS EN ESTE ESPACIO DE OPINIÓN SON DE ABSOLUTA RESPONSABILIDAD DE SUS AUTORES Y NO COMPROMETEN LA LÍNEA EDITORIAL PLURAL – LIBERAL DE ESTE MEDIO DE COMUNICACIÓN//

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